Pocos movimientos, máxima eficacia.
El Sabio se mueve poquísimo. Parece pereza hasta que te das cuenta, hacia la mitad del partido, de que tú has corrido el triple y vas un set por debajo. No es perezoso: es que ha dejado de hacer los movimientos que no sirven.
Esencial. Ha eliminado con los años todo lo superfluo, y lo que queda es un pádel de posición: siempre está donde la bola va a llegar, así que no tiene que perseguirla. No tiene golpes espectaculares y no los echa de menos. Conoce cada trayectoria después del cristal, cada bote raro, cada situación, porque ya la ha vivido unos cuantos cientos de veces.
La lectura del juego. El Sabio entiende el partido, no solo el punto: sabe cuándo una pareja está a punto de caerse, cuándo conviene bajar el ritmo, cuándo el rival está de farol. Gana con regularidad a jugadores más jóvenes, más rápidos y más fuertes, y lo bonito es que ellos nunca acaban de entender cómo ha pasado.
El físico. Contra un ritmo altísimo y prolongado la experiencia no basta, y los partidos muy físicos siguen siendo su peor terreno. También puede ser demasiado conservador: algunas situaciones piden un riesgo, y él ha aprendido tan bien a evitarlos que ya no los ve.
Funciona mejor con El Social. Uno pone el ritmo y la alegría, el otro pone la cabeza en los momentos que cuentan. Es también la pareja que hace el tercer tiempo más largo de todo el club.
«A esa no voy, que se va fuera.» (se va fuera)
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