La pista es una excusa.
El Social nunca ha organizado un partido. Ha organizado doscientos partidos. Es el que abre el grupo, encuentra al cuarto, reserva la pista, le recuerda a todos la hora y luego pierde 6-1 sin que le importe lo más mínimo.
Discontinuo y alegre. Juega bien cuando el ambiente es bueno y se hunde cuando en la pista se hace el silencio: para él el nivel técnico depende literalmente del humor colectivo. No estudia a los rivales, los conoce; y si no los conoce, los conocerá antes del segundo set. Su mejor golpe llega casi siempre después de una risa.
Mantiene unido al grupo, y es más importante de lo que parece: sin un Social, la mayoría de los grupos de pádel se muere en tres semanas. En pista baja la tensión en los momentos justos, evita que sus compañeros se miren mal después de un error y convierte una derrota en una tarde que ha valido la pena.
La concentración en los finales punto a punto. Cuando el partido se pone serio y nadie habla, El Social se apaga: no es presión, es aburrimiento. También le cuesta decir que no a un partido, y acaba jugando cuatro veces por semana con una rodilla que había pedido descanso.
Funciona mejor con El Sabio. Uno aporta la energía, el otro la lucidez en los momentos en los que la energía no basta. Es la pareja que pierde algún partido más y se divierte mucho más que todos los demás.
«¿Quién viene esta noche? Falta uno, va.»
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